viernes, 14 de septiembre de 2018

#ApunteEconómicoUP: Una década de la caída de Lehman Brothers, algún aprendizaje y reconocimiento para las profesiones


Too big to fail... Es el dogma en el que creía el mundo financiero y, de paso, el resto de los mortales justo antes de la caída del gigante banco americano, Lehman Brothers, el 15 de septiembre del 2008 que supuso el detonante principal de la Gran Recesión que vino después, con un hundimiento de la actividad económica mundial que no se producía desde la Segunda Guerra Mundial y los años 30 con la Gran Depresión. 


  • ¿Cómo llegamos a esto?

Si nos remontamos al 9 de agosto del 2007 encontramos el primer signo serio de alarma de que algo no iba bien y la fiesta había terminado. El banco francés BNP suspendió tres fondos de inversión ligados a hipotecas, y puso de manifiesto el núcleo del problema: las hipotecas subprime, o de alto riesgo, concedidas por la banca a aquellos clientes de menor solvencia y mayor riesgo de impago con el objetivo de generar más beneficios. Los intereses de estas hipotecas eran más elevados y las mismas eran titulizadas en partes para configurar productos de inversión de gran opacidad que ofrecían, en consecuencia, rentabilidades más altas cuya garantía de fiabilidad era inflada por las agencias de calificación en connivencia con la banca. 

Años atrás, con la explosión de la burbuja puntocom en el 2000, se bajaron los tipos de interés y se inyectó liquidez para activar la economía. Gran parte de ese estímulo se destinó, gracias a una regulación ciertamente permisiva, a fomentar la compra inmobiliaria residencial dando como resultado una escalada en los precios de la vivienda que parecía infinito y cuyo auge se produjo entre el 2005 y el 2006. Con los primeros signos de inflación, la Reserva Federal inició la subida de los tipos de interés en el 2004 y la presión en las cuotas de esas hipotecas basura empezó a generar una ola de impagos y de desempleo ante la reducción del consumo y la menor confianza. 

Lehman Brothers no fue más que el icono paradigmático de esta ingeniería financiera y la onda expansiva de su derrumbe se progagó al resto del mundo que, en mayor o menor medida, había aplicado la misma receta. Hoy parece existir un mayor consenso en que dejarlo caer no fue lo adecuado, más bien se trató de un experimento de resultados no suficientemente calculados, para concluir que fue la excepción que confirma la regla: hay entidades sistémicas cuyo volumen e interrelación con el resto difícilmente pueden desaparecer o al menos, dejarlas caer de un plumazo, por encima incluso del concepto de riesgo moral. Por ello, la regulación se convierte en el instrumento más potente para prevenir este tipo de situaciones antes de llegar al rescate. 

  • Más independencia de criterio, más reconocimiento a la labor profesional 

Recordar lo sucedido y el contexto de este periodo se antoja vital. 10 años después nos encontramos ante un escenario con algunas señales que nos recuerdan el caldo de cultivo que propició la crisis (sobre las que profundizaremos en próximas entradas). Por ejemplo, un periodo demasiado prolongado de bajos tipos de interés con excesiva liquidez, un repunte en la concesión de préstamos hipotecarios y cierto sobrecalentamiento en el nivel de precios de la vivienda y el alquiler en los principales núcleos urbanos de nuestro país. Dinámicas que se repiten y justifican también a nivel discursivo en la calle. Sin embargo, hay algunas diferencias, entre ellas, que la dimensión de dichas dinámicas todavía no es tan relevante a nivel agregado y existe una regulación y práctica bancaria más sólida en cuanto a provisiones y valoración de riesgos. En cualquier caso, aún no es suficiente, pues «se está todavía lejos de poder controlar todo el perímetro de instrumentos financieros que se crean cada día» reflexiona el economista, Santiago Carbó. 

En todo este universo y época las profesiones han jugado un papel a considerar en muchos sentidos. Por un lado, el ejercicio por cuenta ajena de muchos profesionales fue alterado e intervenido al conminarles desde los órganos de dirección a prácticas que si bien, no eran ilegales, sí iban en contra del interés general de muchos usuarios. Basta mencionar a economistas que operaban en la banca y vendían productos no adecuados al perfil de los clientes a través de publicidad engañosa o, al menos, confusa. Todo con una fuerte presión laboral para cumplir objetivos de venta. Por ello, más allá de que la mala praxis o proceder fuera consciente en algunos casos, hoy sigue siendo necesario reforzar, como ya sucede desde las organizaciones colegiales, tanto el control deontológico como la independencia de criterio profesional en el ejercicio por cuenta ajena para evitar ciertas situaciones de perjuicio a los clientes y pacientes. 

Pero también cabe reconocer la entrega de los profesionales de todas las áreas que contribuyeron y contribuyen a mejorar el nivel de bienestar de la sociedad a través de la prestación de sus servicios siempre basados en su mejor criterio y asesoría en cuestiones de índole sanitaria, social, docente, técnica, jurídica, económica y científica. Más que nunca, el acto profesional debe defenderse como garantía del interés general de los ciudadanos frente a las inevitables fluctuaciones de los ciclos económicos y las regulaciones no responsables ni deseables.

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